Mar18

 

 

“Marcado para matar” de Seijun Suzuki, de 1967

Autor: D. José Ignacio Pernas Riaño, Escuela de Madrid

 

 

En abril de 1968, un mes después de la revuelta estudiantil de París, otro escándalo de diversa índole sacaría a los estudiantes nipones a la calle. Seijun Suzuki, director en plantilla de la productora Nikkatsu que, en diez años, había dirigido cuarenta títulos de todos los géneros para las películas “B” que acompañaban, en programa doble, a los grandes estrenos de los directores estrella de la casa, era despedido de manera fulminante. Se secuestran todas sus películas y se niega la autorización para que se proyecten en el Cine-Club de Tokio, donde se había programado una retrospectiva de toda su obra. La razón esgrimida por Kyusaku Hori –presidente de Nikkatsu– fue que la última película de Suzuki era “incomprensible para el público”. Los estudiantes se manifiestan frente a la sede de la compañía, el sector se rebela en apoyo a su colega y Suzuki demanda a la productora por despido improcedente. El juicio se alargó tres años y medio. Finalmente el director ganó el caso, pero sirvió de poco. La industria ya le había dado la espalda y pasaron diez años hasta que pudo dirigir de nuevo.

Marcado para matar” (Branded to kill, 1967), vista hoy –cincuenta años después de su estreno- es, además de comprensible, un ejemplo paradigmático (y extremo, quizás) del cine de vanguardia que inundaba las pantallas de medio mundo en los años sesenta como reacción frente al “cine oficial” de los grandes estudios que agonizaba por culpa de la competencia de la televisión. La historia es sencilla:

Hanada, asesino a sueldo llamado Nº 3 (tal es su puesto en el escalafón) y obsesionado con el olor del arroz hervido, recibe un encargo de la Organización para que escolte a un pez gordo. Una vez cumplida su misión recibe un nuevo trabajo. Debe eliminar a cuatro personas. Pero, por culpa de una misteriosa mujer, falla con su último objetivo. La Organización no perdona y decide eliminarlo. Hanada se enfrentará a todos hasta el duelo final con Nº1.

Suzuki despliega ante nuestros ojos todo su universo visual en una película híbrida, delirante por momentos, absorbente. Castigado por el uso del color en su anterior película –una de sus grandes señas de identidad-, Suzuki nos regala un fascinante Film Noir que se mueve con soltura entre diversos géneros. En colaboración con Takeo Kimura –director artístico y figura clave en el cine de Suzuki-, la película se presenta como un prodigio de composición. La narración, sometida a un montaje abrupto y arbitrario heredero directo de la Nouvelle Vague francesa, reniega de forma voluntaria de cualquier marco de referencia espacial o temporal. Nunca se sabe qué hora es o dónde están los personajes. Y tampoco importan demasiado sus motivaciones. Suzuki solo se interesa en la forma, en la superficie. Busca la esencia, la acción pura. Las escenas se suceden a ritmo de jazz –otra música arbitraria que rompe con los esquemas de la melodía, al igual que en las primeras películas de John Cassavettes-. Los enfrentamientos a cielo abierto parecen coreografiados por Monte Hellman (“El tiroteo”, 1967), donde prevalece la desubicación y no se sabe bien de dónde vienen los disparos. Las escenas en su apartamento, joya arquitectónica de rabiosa modernidad, están sometidas al dibujo de líneas verticales y horizontales –la cama, los pasillos, la escalera de caracol, las paredes de cristal- que segmentan los cuerpos desnudos de los actores mientras hacen el amor. Su encuentro con Misako femme fatale obsesionada con la muerte- perturba a nuestro protagonista y sumerge la narración en una suerte de pesadilla necrófila, entre mariposas disecadas clavadas con un alfiler en la pared y pájaros muertos. El duelo final, dilatado en el tiempo en un enfermizo juego que parodia el código de honor yakuza, termina en un enfrentamiento entre Nº3 y Nº1. El escenario elegido parece un claro homenaje al cine clásico americano de serie B: un ring de boxeo en un gimnasio. Y, como mascarón de proa de esta joya visual, Joe Shishido, actor fetiche de Seijun Suzuki e icono sexual de la época. Un actor que, en su afán por “endurecer” su aspecto, se operó los huesos de la mejilla para alargárselos.

La figura de Seijun Suzuki, reivindicada a partir de los años ochenta por críticos y festivales, está considerada hoy en día como clave en la historia del cine y su impronta ha sido reconocida por autores como John Woo, Jim Jarmusch y Quentin Tarantino. Y la película cumple a rajatabla con una de las premisas de Jean-Luc Godard:

Para hacer una película solo se necesitan dos cosas: una pistola y una mujer”.

©D. José Ignacio Pernas Riaño

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