Jul18

 

 

“Tiempos líquidos. Vivir en una época de incertidumbre”

BAUMAN, Zygmunt, Tusquest Editores; Barcelona, 2007

Autor: Dr. Javier Espina Hellín CEO en QLC SLP

 

 

¿Cómo definir un momento como el actual?

Abundar en la idea de que puede ser uno de los más apasionantes y retadores nada tiene de nuevo, porque para muchos ya estamos inmersos en la cuarta revolución industrial y, para otros, es el comienzo de lo posthumano (Homo Deus, Yuval Harari, ed. Debate, 2015).

Pero también es cierto que, como nunca antes, las estructuras sociales que conocemos no disponen del tiempo suficiente para consolidarse y ser un marco de referencia estable.

Asistimos, anestesiados e inmóviles, casi en estado de “shock”, a una progresiva erosión de los sistemas de seguridad que tanto compromiso, esfuerzo y sacrificio supusieron para generaciones precedentes, en los que encontramos protección como individuos y sentido como sociedad en esta parte del mundo, pero, donde todo sucede tan precipitadamente que nos resulta imposible la planificación y el pensamiento a largo plazo.

Y esa es la gran contribución de Zygmunt Bauman, desde mi punto de vista, el hacernos entender lo qué está sucediendo y por qué sucede, para que nos preguntemos qué hacer.

Los académicos le reconocen la caracterización de lo que podemos llamar modernidad. Un eufemismo sociológico que encierra la condición “líquida” de nuestra época. Líquida por oposición conceptual de la solidez, la estabilidad y la perdurabilidad de valores, compromisos y lealtades que eran norma en la sociedad que estamos sustituyendo.

Valores que no confundían valor con precio y donde la fama era la consecuencia y no la meta.

En el nuevo marco, el paradigma es la flexibilidad, entendida como una estrategia vital de continua mudanza adaptativa que implica la fragmentación de nuestras vidas y la relativización de todo cuanto nos sucede.

El lema que, al parecer tenemos interiorizado en el mundo desarrollado, es que “nada es para siempre” y que la obsolescencia programada, que inventamos para acelerar y maximizar el ciclo de consumo, es un valor universal.

Vivimos en la aceptación de la incertidumbre y de la separación del poder y la política y, casi me atrevería a decir, de la política de sus administrados. Y, lo más peligroso de todo, en el asentimiento pasivo de la inmutabilidad del modelo, ya que no nos sentirnos con la fuerza suficiente para revertirlo.

En la indolencia sumisa de que nada puede cambiar. Nos vemos muy pequeños; superados por casi todo, desconfiados, esforzándonos por “salvar la cara” en cada retroceso social y con una actitud defensiva e insolidaria que nos lleva a un aislamiento, casi crónico, y a la búsqueda de respuestas e, incluso, de nuestra propia trascendencia, en “espejos negros” hiperconectados.

“Panem et circenses” (pan y circo) era la manera que entendían nuestros bisabuelos de la Roma Imperial, para mantener tranquila a una población poco ilustrada y tener ocultos los problemas, tensiones, desigualdades o abusos de poder. Dos eficaces herramientas de control social y una grosera transacción a cambio de obediencia, confianza y, especialmente, distancia sobre aquello que es preferible conservar en otro nivel de debate, “solo para los ojos” de una élite.

Herederos culturales de aquella Roma, nuestra versión es más moderna, transversal y digital.

La elección ya no es entre el teatro, las carreras o los gladiadores; nuestras fórmulas de entretenimiento, online y off line, son casi infinitas y amplían su rango del sábado, de entonces, a un exhaustivo 24/7/365 en un todo continuo de tecnológico engreimiento, cuidado de nuestro ego, potenciación de la mejor versión de nosotros mismos, la promesa de acceso libre e instantáneo a un mundo global y la maximización del placer cotidiano.

Un placer sutil que a cambio de pulsiones muy frecuentes de baja intensidad: “likes”, “selfies” concienzuda y positivamente filtrados, corazones, twits, compras por Amazon, what´s ups, fotografías de viajes, con coches y ropa “trendy”, junto a “personalidades” que amplifiquen mi imagen pública, frente a platos elaboradísimos en muy elegantes restaurantes, fiestas y un sinfín de momentos estelares propios publicados en Facebook,  con todos los que “otros” han  denominado que son “mis” amigos (cientos en las redes) y un largo y hueco etcétera, que, en “contraprestación justa” se nos ofrece por el nuevo oro virtual (un abanico de miles de datos heterogéneos -desde los más inocentes a los más íntimos- que tipifican mi perfil) y la muy antigua ambición de obediencia, confianza, distancia y control social pero, en una escala, dimensión y alcance jamás conocida.

Datos que ofrecemos cándida y personalmente, sin expreso permiso, con la geolocalización de los smartphones, que llevamos como apéndices no biológicos, o de nuestro entorno de relación digital más cercano, que bajo la máxima de que la tendencia natural es a compartir con aquéllos que más se parecen a nosotros. Con eso datos, son capaces de completar, con inteligencia artificial, un gigantesco y muy rentable puzle que venderán a terceros para que “cocinándolos” convenientemente,  y mediante un elaborado e inteligente “microtargeting” los utilicen para llegar de nuevo a nosotros con productos, servicios, ofertas personalizadas, noticias, videos, juegos online, apuestas en vivo o solicitudes de amistad que cierran el círculo virtuoso de consumo que conforma nuestro nuevo marco de referencia…

Y, todo cuanto acontece, a una velocidad constantemente acelerada, que tácita e inocentemente incorporamos como valor “natural” haciéndolo propio, universal e indiscutible: todo es efímero, flexible y programadamente perecedero.

El último condimento para transitar hacia la posmodernidad es la juventud e, incluso, la adolescencia eterna. Nuestra sociedad líquida ha acabado por volverse adolescente porque para los mass media y la publicidad el modelo adolescente es una etapa en la que se puede (y debe) habitar para siempre. Ahora, hay jóvenes de 50 porque esa “es la mejor edad” y no hay ancianos, porque en la senectud “también se puede disfrutar”…

Lo adulto, lo superior como aspiración, el camino a lo completo deja de existir como modelo porque implica una responsabilidad que no se está dispuesto a tener. Las responsabilidades se postergan mientras se “disfruta” de las comodidades que un mundo lleno de propuestas personalizadas nos ofrece sin parar.

La vida se concibe según la adrenalina que nos despierta el estímulo. Eso es vivir. El exceso, la vehemencia, la autenticidad confundida con la insolencia ingeniosa, la pasión descontrolada, la competición que sustituye a la colaboración en un mundo dual de contrastes exaltados, excesivos afectos y vínculos breves y superficiales se constituyen en valores a fuerza de repetición omnicanal y omnipresente.

Parece que todo es por y para un espectáculo (que, seguro, alguien grabará y compartirá en sus redes sociales) multipista…

En este título y en otros en los que amplía su propuesta de modernidad líquida, en el amor o la educación, Zygmunt Bauman cambia nuestra visión del mundo contemporáneo y explica por qué sentimos ese inconfesable miedo que va más allá de una natural tensión ante el cambio: ¿qué futuro nos espera?

© Dr. Javier Espina Hellín CEO en QLC SLP

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